En 1947 una mujer y un hombre judíos debieron escapar de su país, Rumania, perseguidos por las fuerzas soviéticas. Llevaron consigo lo más importante que tenían: su única hija, que había nacido unos meses atrás. Con ella tomaron un tren hacia un puerto en el Mar Negro, y desde allí se subieron a un barco junto a muchas otras almas desesperadas. Tuvieron un viaje dificultoso, y al llegar a la por entonces colonia inglesa Palestina -su destino-, los ingleses les impidieron la entrada y los enviaron a un campo de refugiados en Chipre, donde su bebé cumplió un año de vida. Afortunadamente, al año siguiente se declaró la independencia del estado de Israel, y por fin fueron acogidos en las tierras a las que habían deseado llegar. Se asentaron allí y continuaron su vida. La bebé se transformó en niña, y luego, en mujer. Sus padres echaron raíces en esas tierras, que encontraron más fértiles que las de Rumania. Pero su hija tardaría muchos años en echar raíces en algún lugar: su vocación de maestra y su avidez por los viajes la llevaron a recorrer todo el país, y más tarde Norteamérica, Europa, Sudamérica…para curiosamente terminar eligiendo como lugar de residencia definitiva Argentina.
Contar la historia de este bebé es contar la historia de muchas otras personas que corrieron la misma suerte, y también es contar gran parte de la historia del pueblo judío.
También es la historia de una viajera de nacimiento. Aunque ella se sienta israelí, el documento de Hanna Anshelzon dice que nació el 1º de enero de 1947 al norte de Rumania, en una ciudad llamada Bourdujen. Hoy tiene 61 años, un marido, cuatro hijos, una nieta y picardía juvenil en el brillo de sus ojos verdes. Si se debe escoger una sola palabra para describirla, ésa sería “viva”, por la alegría que transmiten su modo de hablar y su rostro, y por la búsqueda en su mirada de lo positivo en todas las cosas.
Con su acento extranjero, mezcla de idish (lengua de los judíos de Europa del este), hebreo y español, relata su primer viaje: “Primero hice un viaje cuando tenía veinte años y más… me fui a Canadá. Tenía ahí familiares; vinieron de visita a Israel, me invitaron y me fui… Esta fue la primera vez que yo me subí a un avión… ¡un miedo bárbaro! Cuando llegué a Canadá de repente vi un mundo muy grande… porque Israel es muy chiquitita, todo es muy así cerrado… entonces de repente sentí que me estaba abriendo, y dije ‘¡Pero…! ¡¿Por qué yo no puedo estar en mundo grande?!’ Se me abrió el ojo, y se me abrió el apetito de conocer el mundo. A partir de ahí, pensé en volver a viajar, en viajar siempre”.
Después de Canadá, viajó a Estados Unidos y visitó Nueva York. Al regresar a Israel, las ganas de seguir recorriendo el mundo seguían intactas, y decidió anotarse en un plan para enseñar en otros países la que considera hasta hoy su lengua, el hebreo. Porque Hanna es maestra: actualmente no ejerce, pero en aquél momento sí lo hacía y quiso vincular la enseñanza con su nueva afición, el viaje (actividad de la que aún no se ha retirado). “Me ofrecieron ir a Chile. Fui, pero estaba mal preparada para ir, porque llegué dos años después de la revolución allá, en 1975, cuando estaba Pinochet. Mi vecino [en Israel] me había hablado maravillas de Santiago de Chile. Y era al revés… cuando llegué, ¡me caí de espaldas! ¡No podía ser tanta pobreza! Yo no sabía lo que era la pobreza, en Israel no se veía eso. Ahora capaz sigue habiendo, pero yo no lo vi: hice la misma ruta que había hecho en el ’75 hace tres, cuatro años y vi otra cosa, otro país, moderno. No hay tanto hambre y miseria”.
Luego de pisar por primera vez Santiago, Hanna llamó a Israel: “Mamá, ¡decile al vecino que me mintió! ¡La pobreza es tremenda acá! “. Su idishe mame rápidamente le dijo que entonces tome sus valijas y regrese, pero “yo me dije que no, que era una vergüenza volver así sin conocer. Pero la verdad me costó mucho acostumbrarme a ver tanta miseria; además había toque de queda, que yo no sabía qué era, porque claro, mi vecino no me dijo la verdad. Me dijo otra cosa, maravillosa, de Santiago. Y claro, no dudé en ir allá después de hablar con él. Pero era todo mentira”.
Así Hanna se quedó allí un tiempo y aprendió a hablar la lengua castellana. Pero también deseaba conocer Sudamérica. “Israel es un país muy chiquitito, y yo ya lo conocía de punta a punta. Ahora quería conocer otra parte del mundo, y entonces ésta era la oportunidad. Después fui al sur y norte de Chile, luego a Uruguay, Paraguay, Río de Janeiro… empecé a hacer un tour por toda Sudamérica. Como todo israelí que se vuelve loco cuando viene, ¡porque ve el mundo!”.
Este es el relato que hace Hanna cuando le preguntan por su primer
viaje. Pero sabemos que no fue el primero. Ha habido otro, muy distinto, mucho más anterior en el tiempo. “Sí”, admite, “el primer viaje es otro viaje. En un barco, en muy malas condiciones…porque era un barco de carga que lo prepararon para pasajeros, para 700. Y se subieron 1400, el doble”.
Pero ella no se acuerda de nada de eso, ni el más mínimo detalle. “Es como que le pasó a otro, pero esto me pasó a mí”. Fueron sus padres quienes se lo contaron cuando fue más grande, porque en ese entonces apenas tenía unos meses de vida. El barco partió de Rumania, del puerto de Constanza. “Había que huir. No había tiempo de hacer valijas, ni papeles, ni nada”.
Los factores que desencadenaron este exilio en 1947, año de su nacimiento, están directamente vinculados con la coyuntura internacional de aquél entonces. Durante la guerra, Rumania había sido un país del Eje. Aquellos años resultaron muy duros para los judíos que vivían allí, ya que fueron perseguidos por el régimen nazi. Al terminar la guerra, el país cayó en manos de la URSS. Por esos años, Zima e Israel eran novios, pero se habían perdido el rastro durante la guerra. Él había sido enviado a Rusia a pelear y aún no había vuelto. No había cartas ni noticias de él. “Ella volvió a su pueblo y fue a estudiar para abrir una curtiembre. Y abrió una y le empezó a ir muy bien. Mi mamá ya era una señorita grande, ya tenía que casarse. Pero no: ella esperó a mi papá. Esperó, esperó… apareció. Después de un año de ir caminando de Rusia a su pueblo en Rumania”. Sí, caminando. “Cuando él llegó al pueblo, se enteró que mi mamá era toda una madame, que tenía una fábrica, que la esperaban caballos en un sulky muy lindo…, y él todo ciruja llegó, con pelos largos, sucios”. Entonces, Israel supo que su novia lo había esperado todo ese tiempo: “Zima te espera a VOS. ¡No sabes la cantidad de muchachos que quieren acercarse a Zima y ella no quiere saber de nadie. Te espera a vos, bañate, cambiate la ropa y afeitate”. Y parece que así lo hizo, porque al poco tiempo ya estaban casados. “Al año nací yo”, cuenta Hanna. Pero ese no sería un buen año para la familia. Israel había comenzado a trabajar con su esposa en la fábrica, pero Rumania cayó en poder de los comunistas. ”Entonces, en el régimen comunista, vos no podes ser dueño de ninguna fábrica, y si sos, algo sucio hiciste”.
El padre de Hanna tenía amigos en la policía. Éstos le advirtieron un día que esa noche lo iban a arrestar y enviar a Siberia, donde cuenta Hanna, los soviéticos deportaban a todos sus prisioneros. “Y vinieron a buscarlo, pero no estábamos ya. Mi mamá le dio al hermano la llave de la casa y de la fábrica y junto a mi padre y a mí, corrió a la estación de tren. Había uno que partiría para el Mar Negro, donde iba a estar el barco esperando”.
Entonces tomaron el tren, que estaba lleno de refugiados judíos que querían escaparse de Rumania. “Fue justo vísperas de Yom Kippur [Día del Perdón] y el tren paró por 24 hs. Hicieron el ayuno, todo. A la siguiente noche, pararon otra vez. Los conductores del tren eran todos rumanos, se portaron muy bien aquellos años, la gente, no el gobierno”.
El tren llegó al puerto de Constanza. Allí los esperaba el barco que los llevaría a Palestina: “había una cola, recordaba mi padre, una cola tan grande para subir a bordo, que él se asustó. Tenía miedo de estar atrás de todo y le pusieran una mano y lo atraparan. Entonces empujó y se metió en el barco”.
Era octubre, noviembre de 1947, invierno. 1400 personas en un barco con lugar para sólo 700. El Patria atravesó el Mar Negro, el estrecho de Bósforos y el de Dardanelos, para desembocar finalmente en el Mediterráneo. “Pero aquellos años hizo mucho frío y tormenta y el barco subió y bajó. Era como una cáscara de nuez donde la gente adentro se vomitaba, se sentía mal. Las condiciones del barco eran inhumanas”.
Los pasajeros viajaban en la parte de abajo de la embarcación, donde el hacinamiento y las pésimas condiciones de higiene habían generado un olor insoportable. Allí estaba Hanna, y muchos otros bebés, también junto a sus padres. Los marineros, compadecidos, llevaron todos los días a los bebés a cubierta a respirar aire puro. “Así, tres semanas. Y cuando ya veían Israel, el puerto de Haifa, y estaban todos felices y contentos…” aparecen barcos ingleses, haciendo señales de que paren el barco. Se habían dado cuenta por los gritos de festejo que llegaban inmigrantes ilegales a su colonia, que por entonces aún no se llamaba Israel sino Palestina. Pero el Patria no paró. Los marineros siguieron avanzando hacia Haifa. Como los ingleses vieron que el barco ignoraba su pedido, sus dos barcos de guerra chocaron al rumano de ambos lados de la sala de máquinas y lo llevaron arrastrando hasta el puerto. Una vez allí, les ordenaron a todos que descendieran y se subieran a sus barcos. Pero los judíos se negaron y comenzaron una huelga. “No querían salir, querían bajar sólo para quedarse en Israel. Todo el mundo tiró afuera sus valijas, sus pertenencias, todo”. Tres días y tres noches duró la huelga de hambre, “hasta que los ingleses tiraron bombas lacrimógenas y una beba que estaba al lado mío murió”. Fin de la huelga. “Y ahí nos mandaron a Chipre, donde ellos habían preparado campos. Pero no eran campos de concentración. Eran campos, campos feos con carpas. En cada carpa había muchas familias. Eran condiciones feas. Y ese año fue muy duro el clima: mucho viento, lluvia, inundaciones; había mucho barro y el piso era de tierra. Mi mamá me contó que yo estaba en una época de bebé en la que uno gatea, y que no me podían poner el piso, porque era barro, no piso. En Chipre cumplí un año”.
Un día vino de visita una delegación judía de Palestina, entre la que se encontraba la activista sionista Golda Meir. “Nos dijo: ‘Hermanos, no se preocupen, ahora tienen a alguien que se preocupa por ustedes. De aquí van a salir, quédense tranquilos. Nosotros estamos para ayudar. No tengan miedo’ Así habló y luego fue caminando y visitando cada carpa. Entró a la nuestra y vio una beba sentada en la mesa jugando con una… ¡naranja! Esta era mi “pelota”, ¿qué pelota iba a tener yo?”. Zima, su madre, le contó que Golda Meir se emocionó mucho al verla… tal vez le hizo acordar a su propia infancia pobre y mísera en Kiev. “Y me llevó upa y empezó a caminar conmigo por todo el campo de Chipre, me llevó a todos lados. Mi mamá iba atrás con un miedo bárbaro, porque no la conocía”. Al despedirse, la delegación repitió su mensaje: que se quedaran todos tranquilos, que había quien se preocupaba por ellos.”Y así fue”, corrobora Hanna, “en marzo de 1948 llegó una orden que decía que tenían que prepararse todas las familias con bebés o hijos chiquititos para que nos lleven a Israel. Entonces en 1948, entramos legalmente. Ese fue mi primer viaje, no fue para nada de placer. Un viaje inicial mío, el primer viaje en mi vida”.
Los Anshel echaron anclas en esa tierra. Al llegar, Israel le agregó a su apellido el “-zon”, que significa “hijo” en idish, quedando como “el hijo de Anshel”, para que, si algún día su padre llegaba al país (había peleado también en la guerra y nunca habían vuelto a tener noticias de él), lo identificara más fácilmente. Hanna no volvió a salir del país hasta que terminó el servicio militar. Allí le surgió la oportunidad de ser maestra: “después de hacer el colegio secundario, se empieza el servicio militar en Israel. Justo era una época en la que faltaban muchos docentes, porque el Estado era muy joven… año ’65. El ejército es siempre el que “llena huecos”, en muchas cosas: en medicina, en ingeniería, etc. Entonces el ejército tenía que instruir morot [maestras], porque el Ministerio de Educación pidió”.
Hanna hizo el servicio militar en 1965 en una ciudad al sur, en el desierto del Neguev, llamada Dimona: “una ciudad recién nacida, dos casas y media, todo desierto y muy poca gente viviendo allí… pero había muchos niños, inmigrantes, especialmente de países árabes como Marruecos, con cultura muy atrasada. A algunas nos designaron ser maestras para niños, y a otras luchar contra el analfabetismo de los papás. Y ahí me quede. Me gustó ser morá, el oficio este de enseñar, de pasarle al otro conocimiento. Además, los inmigrantes tenían una cultura tan atrasada, que había que enseñarles hasta cómo lavarse las manos y los dientes. Ahí la maestra no era la maestra que sólo enseña y se va a la casa. Teníamos que ir la casa de los chicos, ver la casa… ¡Los papás nos veían como diosas! Nos contaban sus problemas, había que explicarles, solucionar problemas de pareja… éramos de todo, no solamente morot, ¡psicólogas también! Y a la ciudad empezaron a llegar más inmigrantes, y empezó a crecer y crecer”.
Cuando terminó el servicio militar, en marzo de 1967, se quedó en Dimona como civil. “Cuando empezó la Guerra de los Seis Días en 1967, me fui a la guerra pero no me necesitaban ahí, y pedí volver con mis alumnos, que estaban solos”.
En 1970 visitó a su familia a Canadá, y en 1975, Chile. Dentro de esos cinco años entre un viaje y el otro, intercaló un recorrido por algunos países europeos junto a una amiga. “Compramos libros de todos los países a los que queríamos viajar; no tomamos tour. Organizado, nada. Entonces, como el primer país era Italia, yo leí el libro de Italia de la A a la Z, todo lo que refería a los costos, que ómnibus había que tomar, etc. Después de Italia fuimos a Suiza, entonces ella leyó y compró el libro de Suiza. En Italia yo había sido la guía de ella, y ella era ahora la mía en Suiza. De ahí fuimos a Francia y luego a Inglaterra, siempre turnándonos para guiar a la otra”.
En 1975, cuando se encontraba en Chile, conoció a Osvaldo Kalstein, un argentino. Se casaron y se quedó a vivir con él aquí en 1976. Pero los viajes continuaron: “cuando nos casamos, me fui con mi marido a Israel, y primero hicimos tour en Alemania. También viajamos a Estados Unidos. Después volvimos para Argentina, que ya era mi base, porque yo vivía acá. A Uruguay vamos a cada rato”.
Hanna Anshelzon se queda en silencio un instante, pensativa. Y luego retoma: “así que a mí me gusta viajar, hasta el día de hoy. El sueño es viajar. A mí me parece que da mucho a la persona… Cuando viajé a Canadá, me parece que me entró el virus del viajero… y ahí empecé a viajar como loca. Me costó mucha plata, la verdad”, ríe. “Pero uno vive una vez, hay que hacer lo que uno puede hacer”.
(Historia de vida basada en una entrevista a su protagonista)
viernes, 31 de octubre de 2008
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